Vivimos tan rápido en internet que es posible que la velocidad del mundo digital haga que te cueste llegar al final de este texto... o quizás no. Si eres una persona que te gusta la lectura tranquila, saboreada y llena de emociones, te invito a soltar las prisas por un momento.

Acompáñame en esta conversación tan bonita que me apetecía muchísimo tener hoy contigo.

Hace unos días estaba escuchando a unas mujeres de una asociación de crocheteras en España y me emocioné mucho. Hubo una frase que repetían y que ¡es total! "Tejer es hogar".
​¡Qué verdad más grande!

Tejer no es solo cruzar hilos con una aguja; es crear un espacio de paz. Es ese momento del día en el que te sientas en tu rincón favorito, el mundo exterior se apaga, el ruido de la mente se calma y notas cómo la energía creadora se mueve dentro de ti, fluyendo por el pecho.

Es una sensación de paz, de conectar con una misma... Exactamente como "volver a casa".

Hay un sentir profundo cuando tejemos y hace que impregnemos una parte de nuestra propia energía, mimo y cariño, en cada punto. Es alta vibración en estado puro. ¿A que da una paz increíble?

Y hay algo precioso... 
Ya no es solo el rincón de paz; es la conexión con el hogar ancestral.

​Al tomar la aguja y el hilo, o el trapillo, es como si sintonizáramos una frecuencia especial, una melodía que lleva sonando miles de años. Estás conectando con tus abuelas, con tus bisabuelas y con todas las mujeres de tu árbol.

​Tus manos recuerdan lo que ellas hacían, y en cada punto que cierras, hay un hilo invisible que te conecta directo con tu linaje. Es una forma preciosa de honrarlas y de sentirlas cerquita.

​Esa conexión sagrada con la vida es la que viven las mujeres de la comunidad Wayuu. Para ellas, tejer no es un pasatiempo; es comulgar con el universo. No miran un patrón en una pantalla; miran las estrellas, las plantaslos caminos del desierto, los ciclos de la naturaleza y el cosmos, y lo plasman todo en sus tejidos. Tejer es, literalmente, materializar el alma y dialogar con la vida.

​El ganchillo o crochet tiene un superpoder invisible: es el pegamento social más bonito del mundo.

​Es mágico ver cómo alrededor de una mesa, con unos ovillos y unos cafés (o unos mates, o lo que cuadre), desaparecen las edades, las profesiones y los agobios del día. En ese momento todas hablamos el mismo idioma.

​Se crea un espacio tan lleno de complicidad que, mientras las manos van solas tejiendo, se van soltando risas, confidencias, consejos de vida... ¡y algún que otro truco para que el punto no quede torcido, claro!

​Pasas de no conocer a alguien a sentir que es de tu familia de toda la vida en una tarde.
​Al final, esas reuniones son como un abrazo para el alma. Tejer te devuelve al hogar por dentro, pero cuando se hace en grupo, ¡te conecta con el mundo desde el corazón!

​¿Verdad que tú también sientes esa unión con todo?
​Y es que la energía de la creación nos nutre por dentro y por fuera.

​Como te decía, seguía escuchando a la asociación de crocheteras y me puse a leer los comentarios del vídeo. No hay duda alguna sobre esa bonita conexión que se siente al tejer.

​Mujeres de diferentes partes del mundo, crocheteras también, se emocionaban al verlas, enviaban saludos y les nacía contar historias entrañables de sus abuelas o de ellas mismas.

​Porque es así... la energía de la creación vive en cada una de nosotras y nos hace sentir vivas.
​Nos une la belleza que nace de nuestras manos, desde la mesa de un salón de cualquier ciudad, desde cualquier rincón al aire libre en un pueblecito pequeño, desde cualquier país del mundo hasta el corazón de la Guajira, recordándonos que todas somos creadoras y formamos parte del todo.

​¿A que te cambia la vibración por completo cuando te sientas a tejer sabiendo que llevas toda esa magia y esa historia en tus manos?

Antiguamente, esta sagrada habilidad se transmitía de generación en generación. Yo recuerdo cuando era pequeña ver a mi abuela tejer, tanto crochet como punto con dos agujas, con esa paciencia tan particular, mimo y alegría.

Algo que me fascinaba de ella era que, cuando se equivocaba en un solo punto y se daba cuenta muchas vueltas después, aunque el trabajo ya estuviera muy avanzado, procedía a deshacerlo todo hasta llegar al punto equivocado para arreglarlo, y volver a hacer todo lo que había deshecho hasta terminar el trabajo.

Yo la miraba y le decía: “¿Por qué lo deshaces?... Pero si no se ve... nadie lo va a notar”. Y ella, con todo el cariño, me decía: “Pero lo sé yo. Y si no lo dejo perfecto, voy a sufrir mirando el defecto”. Luego, proseguía diciéndome: “Cuando tejes con amor, no es trabajo alguno deshacer lo que has realizado para que quede bonito y perfecto. Cuando lo has terminado, al mirarlo te llenas de gozo, y eso vale oro”.

¡Qué regalo de vida sería para cualquier niña recibir esa enseñanza desde pequeña, ¿verdad?

​Hoy en día los niños viven en un mundo que va a mil por hora, rodeados de pantallas, de gratificación instantánea y de estímulos que muchas veces los desconectan de su cuerpo y de sus emociones.

​Enseñarles a tejer sería transmitirles valores, les enseñaría el valor de la paciencia, mostrándoles que las cosas más hermosas se construyen punto a punto, sin prisas, con mimo.

​Les enseñaría a conectar con ellas mismas y con otras almas afines. Les enseñaría a respirar tranquilas al paso de la energía de la creación que vibra en sus manos. Les enseñaría que las cosas más valiosas se cocinan poco a poco, al ritmo de la vida.

​Imagina la carita de alegría de una niña cuando mira lo que ha tejido y piensa: "Esto no existía, era solo un hilo, y lo he creado yo con mis propias manos". Eso es una inyección de autoestima pura, de confianza en sí misma que ninguna pantalla les puede dar.

​Esta artesanía les regalaría un espacio de conexión consigo mismas, un refugio de paz interior al que acudir cada vez que se sientan abrumadas por la vida.

​Es sembrar en ellas la semilla del respeto por los procesos, por las tradiciones y por su propia capacidad creadora.

​¿Te imaginas crear espacios dedicados precisamente a sembrar esta magia en las más pequeñas? ¡Sería pura alta vibración para el futuro!

Y es que, mirándolo bien, tejer es el cable a tierra. 
Es el contrapeso que nos devuelve a la realidad física, al tacto, al ritmo natural de la vida. 

La mente agradece enormemente soltar el teclado y el teléfono para tocar la textura del hilo, sentir el roce de la aguja y ver cómo algo real crece milímetro a milímetro.

Es como un botón de "pausa" y de desintoxicación digital que nos rescata del torbellino tecnológico y nos devuelve al aquí y al ahora.

​Al final, el ganchillo tradicional tiene el poder de sanar, de unir, de empoderar y, también, de transformar ideas en belleza funcional.

Por eso me gusta tanto compartir espacios donde esta artesanía tradicional se cuida, vibra y se expande. Si nunca has hecho crochet y sientes las ganas de profundizar en este arte, de tejer en comunidad y de ver cómo tus manos son capaces de dar vida a diseños espectaculares, en este blog encontrarás diferentes talleres de gran calidad.

Y si ya tienes experiencia, te invito a explorar el poder de dar a luz, con tus propias manos, a nuevos proyectos que son pura magia: